Qué dulce consuelo y fría esperanza, se torna un afilado cuchillo cuando está apunto de ser parte de ti. Cuántos recuerdos, cuántos temores, sucumbían en la brillosidad expedida por el cuchillo. Mis manos tiemblan, tiritan por la constante de no saber qué me espera después. Pero vuelvo a pensar, pienso...no, estoy segura que, esto, éste estado, ésta vida ya nada más puede ofrecerme. Pero aún así tiemblo. Mis lágrimas caen, se reposan encima del acero que se vuelve caliente y mi brazo frío; su brillosidad cesa, ahora se torna color vergüenza. Me duele, pero éste dolor, resulta ser satisfactorio ante mi desdén por vivir. Este placer me consume y me conduce a seguir adelante. Pero tu rostro, alumbra en mi niebla. ¿Por qué hago esto?, ¿Será por ti?...
Desde que recuerdo, he sido, y soy, un agente extraño, y ahora que estoy al borde de la muerte lo reconozco. Nunca fui quien suponía que debería haber sido; siempre viví una vida que no era mía, que nunca fue mía. Vivía la vida de mi madre, la vida que ella creaba para mí. Pero yo nunca fui eso y nunca lo seré. Estoy enclaustrada, como una foca en un show de talentos, adiestrada para ser una persona, siendo otra complemente diferente. Llegué al momento de no recordar cómo era, de no saber quién era realmente. Sentía y siento que mi vida ya la viví, que no es más que una continuidad de actos sin sentido, una completa monotonía; que estoy constantemente rodeada de gente gritando a todo lo que dan mis pulmones, pero nadie se da vuelta, nadie escucha, nadie quiere darse cuenta. He vivido tanto así, sufriendo en silencio, al punto, que ahora puedo estar muriéndome por dentro, pudriéndome, queriendo dejar de respirar, e incluso pudiera, ya no estar existiendo y aún así estar sonriendo. Y así nadie nunca se daría cuenta de quién soy, ya que sólo les interesa mi sonrisa, mi yo feliz, mi personaje. Ahí fue cuando te conocí, por primera y última vez, alguien notó mi real “Yo”. Tú sentiste mi esencia y yo la tuya; tú sabías cuando yo estaba mal, aunque estuviera riendo. Llegaste a mí sin que te buscase, simplemente apareciste. Y en realidad la forma en cómo te conocí no interesa.
Conversábamos siempre todo lo que sentíamos sin tabú. Hablar contigo me resultaba como hablar conmigo misma. Tú me entendías, no sé cómo, pero lo hacías. Los días pasaban y todo se tornaba en una rutina. Las inevitables vacaciones llegaron y con ellas el desierto de nuestras conversaciones. Cada día que transcurría sin poder hablar contigo, no sentía ánimo, simplemente toda mi realidad se amontonaba nuevamente encima mío, sin dejarme respirar. Recuerdo varias veces que te llamé llorando, desesperada, y sólo tú, escuchándome, sintiéndote al otro lado del teléfono me tranquilizabas. Nunca te extrañaste de mí, ni te parecí un caso extraño (tú también lo eras). Había veces que las palabras estaban de más. El simple hecho de escuchar nuestra respiración era suficiente, nos entendíamos, ¡Claro que nos entendíamos! Cada respiración era un “te quiero” o un “te necesito”.
Recuerdo aquella vez, que ya sabiendo que estabas con otra te seguí como por inercia por las escaleras del colegio, no pronunciamos palabra. Subimos y nos quedamos en el vació entre las dos escaleras; simplemente me miraste, y con eso bastó. No pude contener las lágrimas. Dulcemente me secaste las lágrimas con un beso en la mejilla y bajé mi cara de vergüenza, vergüenza que me producía el hecho de que me hubieras visto llorar. Tú comprendiste mi vergüenza, levantaste mi cara y me besaste. Me besaste y yo te besé, y no nos dijimos nada. Y ahí se quedó ese momento, flotando, flotando sin que nadie pudiera tocarlo, ni destruirlo.
Después de aquello todo cambió, pero sólo entre nosotros. Tú seguías con ella, pero estabas conmigo, porque eras mío y yo era tuya. No sé qué pretendía, tú tampoco lo sabías, pues estabas con ella, pero me amabas y yo te amaba sabiendo que estabas con otra. Estuvimos en esa extraña (pero conocida) situación por un tiempo.
Pasamos tres semanas sin hablarnos, en las cuales no supe nada de ti. Sentía que nada lograba tener sentido sin ti. Me di cuenta que te amaba con todo mi corazón. Te lo quería gritar, gritárselo al mundo, porque te amaba y ya no me importaba nada más. Esos interminables días sin saber de ti, fueron como eclipses en el desierto. Hasta que un día, me hallaba sola en mi casa, atascada por la lluvia cuando, al abrir la puerta, eras tú. No entendía nada, estabas empapado, no dijiste nada, diste un paso al frente y me besaste, tan suave e intensamente como sólo tú lo haces. Nadie dijo nada. Me besaste y acariciaste. Caminamos sin darnos cuenta, hacia mi cama nos dirigíamos. Tus besos se tornaron en caricias y tus caricias en besos. Lentamente nos sumergimos en una cálida niebla. Se sentía hermoso, tal vez, fue lo más hermoso que he sentido en mi vida; tus caricias y tus besos eran suaves como cotones de algodón. No quedaba qué decir. Nuestra virginidad no se perdió, sino se fusionó en una.
Los días posteriores fueron como un sueño, aunque no supe de ti, pero no importaba, te llevaba conmigo, eras parte mío. Te encontrabas dentro de mí, siempre ahí.
Hoy desperté y sin un test, ni un atraso, lo supe, estaba embarazada, no sé cómo, pero lo supe. Tuve sentimientos encontrados. Estaba emocionada, alegre, era lo más bello que había sentido, pero al mismo tiempo, sentí angustia, nerviosismo, no por mis padres, pues no me importaba, sino más bien por tu reacción. Pero la calidez de tus besos permanecía intacta en mis labios y dejé de preocuparme. Salí a caminar, necesitaba pensar, y te vi, ahí estabas, sentado bajo nuestro árbol, pero estabas con ella, la estabas besando y acariciando. No supe qué hacer, ni qué decir. Una pena interminable invadió mi ser, sentía como caía en un precipicio sin fondo, pero, al mismo tiempo, quise gritarte, pero no pude, me congele, sólo me volteé y me fui. Notaste mi presencia y me seguiste. Dijiste que yo debía entender, que tú estabas con ella, que yo sabía. Solamente quería irme, no estar ahí, desaparecer, pero te dije, grité que estaba embarazada. Tu cara fríamente palideció -¿Cómo sé que es mío?. Sin decir nada, me fui. Llegué a mi habitación y grité, grité por primera vez en mi vida todo lo que sentía, en el momento que lo sentía.
Qué dulce consuelo y fría esperanza se torna un afilado cuchillo cuando está apunto de ser parte de ti. Cuántos recuerdos, cuántos temores, sucumbían en la brillosidad que expedía el cuchillo. Mis manos tiemblan, tiritan por la constante de no saber, qué me espera después. Pero vuelvo a pensar, pienso... no, estoy segura que esto, éste estado, ésta vida ya nada más puede ofrecerme. Pero aún así tiemblo. Mis lágrimas caen, se reposan encima del acero que se vuelve aliente y mi brazo frío; su brillosidad cesa, ahora se torna color petirrojo. Me duele, pero éste dolor, resulta más satisfactorio ante mi desdén por vivir. Éste placer, me consume y me conduce a seguir adelante. Pero tu rostro alumbra en mi niebla. ¿Por qué hago esto?, ¿Será por ti?... Me toco mi guata e imagino como crece, como podría verse en unos meses más, pero no tengo nada que ofrecerle a éste niño. No soy alguien válido para ser madre. Me di cuenta que en verdad él no era el problema, nunca lo fue, el problema siempre había sido yo. Desde que nací, el problema fue ese,“ser Yo”. Por eso te pido perdón ahora, niño mío, perdón por no dejarte nacer, por no ser lo suficientemente buena para ti, por ser cobarde y no luchar por ti, pero esta es la única manera de estar contigo siempre, porque así estaremos juntos. Nos tendremos siempre el uno al otro, porque nunca he tenido nada que ofrecerle a la vida, y la vida no tiene nada que ofrecerme a mí. No comprendo por qué nací, pero sí por qué dejaré de existir.
" Metástasis " por Mical Moherler
jueves, 27 de diciembre de 2007
Publicado por bedelicious en 22:06:00
Etiquetas: mostrar mi corazón nunca me ha sido fácil, no puedo escribir
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario