" PUELCHE " Mical Moherler

sábado, 29 de diciembre de 2007

El techo de las casas, al igual que débiles hojas en pleno otoño, sucumbía sin estabilidad alguna ante los feroces vientos sureños; las tablas todas apolilladas del piso poco a poco parecían establecer una relación entre lo sucedido y lo que iba a suceder. En cualquier momento las tablas cederían; aquel mohoso paño floreado era lo único que impedía que la tormenta entrara por la ventana, sin embargo su estremecer tipo bandera, resultaba más efectivo que un móvil de cuna a la hora de conciliar el sueño de los pequeños.
-No sé qué hacer, ya no sé que pensar, qué creer… pero veo a mis niños…-sumergida en tormentosos pensamientos que no la dejan conciliar el sueño, Celeste contempla con mirada sin fin a sus hijos ahí recostados sobre aquel suelo sin estabilidad, con una inexplicable serenidad, con impenetrable expresión de aceptación, simplemente esto es lo que ellos puede llamar “La Vida”. Como si se tratase de un objeto de envidia, Celeste reposa su mirada sobre Elisa, la menor de su parvada, aquella apacible expresión de calma, de familiaridad que expresaban sus ojos ya cerrados sacaba de desconcierto a Celeste. Para ellos, la situación no resulta nada nueva ni menos escandalosa. Más observó al mayor de sus niños, a Germán; ahí, simplemente ahí mirando fijo las últimas llamas del brasero que se consumen rápidamente junto a las esperanzas.
La brillosidad de los primeros rayos de sol iluminaban las caras de aquellos sumergidos en sueño. Benjamín, el cuarto de cinco hermanos, abre sus grandes ojos color miel, despertando así a su realidad. Inevitable es notar la calma que se vive después de la tormenta, ese consuelo de saber que “hoy, es un nuevo día”. Se dirige a su madre y la despierta con un beso en la mejilla. Tal vez no hay sensación más satisfactoria que al abrir los ojos ver el rostro que amaste desde el momento en que salió de ti. Al despertar Celeste comenzó a despertar uno a uno al resto. Tomando en brazos a la menor, a Elisa, todos sin pronunciar palabra, dejando el refugio de la vecina, emprendieron el retorno a casa, con la aceptación y tranquilidad de un sonámbulo. A una cuadra ya de la casa los niños salen corriendo, al igual que aves revoloteando en la mañana, sin aflicción alguna sobre lo pasado en la noche.
Entrando por la puerta de la cocina, Celeste traga la amarga realidad del desastre, observa la mesa, las sillas y las ollas tiradas por toda la cocina; la niebla de aire esparcida por toda la casa; el olor a humedad por la tormenta deja más allá de su olor, una hilera de decepción. Celeste sin expresión, simplemente una mirada sin fin de su cara se desprendía. Simultáneamente junto a Germán empiezan a recoger las botellas dispersas por toda la cocina. Sin embargo Germán a través del corredor divisa un bulto, aquel que siempre ha visto, a su padre tirado al final del corredor. Con extraño respeto Germán se acerca hacia su padre, echándoselo al hombro. Lo conduce hacia la recámara principal y procede muy ceremonioso a sacarle el zapato que le queda puesto, mientras se escuchan murmullos de padre -¡Ya, déjame tranquilo! –dice con dificultad el padre. –Ya papá tranquilo, duerme. -¡Dónde está tu Madre!, ¡La quiero ahora!. Celeste cuando escucha a su marido, a su Alejandro llamándola, como si se tratase de un Rey, corre a través del pasillo. -¡Mamá ándate, yo me encargo! –dice Germán, en ese instante mandando lejos a Germán con una patada, Alejandro grita a todo pulmón -¡Celeste ven acá o lo mato con mis propias manos!- la voz de Alejandro hacía eco en la desorientada cabeza de Celeste y limpiándose la única lágrima como si se tratara de algo totalmente prohibido para ella le hace una señal a su hijo para que se vaya de ahí; se acerca con una mirada sin norte hacia el lado de su marido, el cual la sujeta dejándola recostada a su lado y le murmura, abrazándola por la cintura –Tu lugar es estar a mi lado. Aquella frase rebotaba en la cabeza de Celeste y se apoderaba de todo su ser racional. - Tiene razón, tengo que estar a su lado ese es mi lugar y al lado de mis hijos, aparte Alejandro no es malo, simplemente tiene un problema expresándose. – aquellos pensamientos inundaban a Celeste, la abstraían del mundo. Mientras tanto Alejandro tomaba a Celeste como su mujer, pero ella no hacía nada, no objetaba, estaba ida, sólo se dejaba llevar por algo que ella ya no sentía, ni mucho menos disfrutaba, sólo se trataba a estas alturas “de un deber”. Ya satisfecho Alejandro deja a Celeste recostada en la cama y levantándose para ir a darse una ducha le susurra al oído “Por siempre serás mía”; Celeste simplemente se queda recostada, escuchando como en su cabeza hacen eco las mismas frases sin detenerse, comienza a escuchar risas, sus niños ríen y revolotean fuera de la casa, como los envidiaba ella, saltar sin nada por delante que la detuviera.
Mirna entra a la habitación, es la mayor de las mujeres –¿Madre, es posible que le digas a Roberto que deje de pedirme todo a mí, tengo cosas que hacer? –dice Mirna enseñándole un tajo de su vestido –Anda a la cocina, ya habrá tiempo, anda a preparar el pan, que ya pronto será la hora de la cena –dice con inmutable voz Celeste –Pero madre, si son recién las 12 del día – Sin respuesta alguna de Celeste, Mirna se va refunfuñando. Mientras Mirna se encuentra amasando y Celeste ordena el desastre del living. Alejandro salido de la ducha, se dirige hacia afuera –¡Benjamín, Gabriel, Rodrigo vengan para acá, les tengo un trabajo! –Grita Alejandro haciéndole señas. Sus hijos corren hacia él. –Quiero que me ayuden a terminar de construir el cuarto de atrás -¿A terminar? Pregunta Roberto -¿Qué cuarto Padre? –Le sigue Benjamín – ¡Pues tantas preguntas, vengan y punto! –Les responde conduciéndolos con el brazo sobre sus hombros hacia el patio de la casa, siguieron su camino hacia el fondo del patio donde se encontraba un árbol y se hallaban al lado de éste, vigas de madera con bolsas llenas con clavos encima. Sin decir nada, caminaron hacia las vigas y empezaron a colocarlas en su lugar para empezar a clavar. Trabajaban por inercia, sin instrucción alguna de su Padre, acostumbrados a trabajar desde niños. Luego se escucha la voz de Mirna -¡A comer! ¡Ahora! – dejando todo atrás salen corriendo hacia interior de la casa; La comida ya está servida en el comedor; los escasos platos y los diferentes vasos se encontraban sobre un desastroso mantel; en el centro de la mesa se distinguía un cuadrado paño gris. Todos se sentaron en lo que parecía, sus puestos habituales. Cada uno agarró un pedazo de pan recién salido del horno, Mirna junto a su madre, llevaron los platos de cazuela de ave. –Elisa, pásame el paño. Dice Roberto –Toma- Elisa se lo entrega; Roberto doblando el paño en cuatro se limpia con una punta la boca, lo deja a su lado donde Germán lo agarra y procede a limpiarse la boca. –Mamá, ¿Dónde esta papá?. Pregunta con grandes ojos Elisa. –Trabajando hija, como siempre. Responde Celeste. Después de esta pregunta todos en la mesa guardan silencio, Germán toma un trozo de pan y se va de la mesa. De pronto Benjamín sin querer bota el vaso de agua en el mantel y todos desprenden una nerviosa risa, todos menos Roberto. –Ten más cuidado cabro chico. Le dice enojado. Benjamín lo mira con profundo respeto y tartamudeando le responde. –Lo siento. –No hay problema hijo, a todos le pasa. Le dice Celeste a Benjamín –Claro, a él siempre le perdonas todo, porque es el favorito. Dice Roberto, parándose de la mesa. Benjamín queda mirando su plato. –No le hagas caso, es un roto. Interrumpe Mirna.
A medida que el sol alumbrase sus hombros los niños seguían clavando, trabajando en el patio, mientras Celeste le leía a Elisa un libro de poesías. Pronto llegó la noche, ya el sol expedía sus últimos rayos y los niños llegaban cansados de un día de trabajo; como siempre ya estaba la mesa puesta -¡A la mesa!. Todos los niños con manos cansadas y con el estómago rechinando se sentaron en la mesa; pero aparece Celeste y los mira con cara seria -¿Se lavaron las manos, los mocosos? –Pero mamá tenemos hambre. Dijo Benjamín suplicando -¡Vayan a lavarse las manos o no van a comer nada!. Dice con la mano apuntando hacia el baño. Mirna aprovechó el momento para llevar la comida a la mesa; no había pasado ni dos minutos y todos ya se encontraban en la mesa; parecía como si tragaran la comida, el pan se desmigaba entre sus flacos dedos. –Parecen un montón de animales. Dice Mirna. –Déjalos, han tenido un duro día. Le responde Celeste, mirando con orgullo a sus hijos. Ya se terminaba la comida y los estómagos se encofraban saciados. Repentinamente una sombra se marca en la puerta de vidrio de la entrada y se abre agitadamente la puerta, entra Alejandro sin poderse el cuerpo, encorvado por causa del alcohol. -¿Dónde esta mi mujer?. Grita sin entendérsele mucho. –Mirna tráele un plato de sopa caliente a tu padre, rápido. Le dice al oído Celeste. Germán tomándole el brazo lo conduce a la mesa. -¿Dónde esta Celeste dije? ¡Déjame!. Dice Alejandro subiendo el tono. –Acá estoy amor mío, ven siéntate al lado mío. Le responde Celeste. –Mirna ya te trae la comida amor –No quiero que me la traiga ella, tráemela tú, tú eres mi mujer, no ella. Grita Alejandro. Celeste se para rápidamente hacia la cocina. Elisa fue escabullida al lado de Benjamín, los dos permanecieron callados, mientras Germán y Roberto le conversaban cualquier cosa a su padre. Celeste llega apresurada con un plato caliente de sopa, el cual coloca al frente de Alejandro. Alejandro ya más tranquilo empieza a mirar para todos lado –Benjamín, mi huacho, venga para acá, quiero que me cantes. Le dice Alejandro. Benjamín sin remedio empieza a cantar una canción, Alejandro feliz se come la comida y muy luego se queda dormido, mientras Benjamín canta. El día parecía haber terminado por fin, pero en el inerte pensamiento de Celeste los rostros de sus hijos se transformaban en duras paredes…